La Rodada Pensil, un paseo lleno de fiesta e historia

La Rodada Pensil, un paseo lleno de fiesta e historia

La rodada empieza  minutos antes, limpiando el toldo de la radio bocina, preparando el sonido y checando el aire de sus llantas que soportan toda su  vitalidad: la usarán para concluir en buena forma todo el trayecto.

En el transcurso hacia el deportivo se observa un tianguis en los alrededores a la parroquia del Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en la esquina de Lago de Fondo, en un puesto de Micheladas se observa un San Judas de menos de un metro, que pareciera sostener la borrachera de toda la clientela de ese puesto. Continuando por la calle de Lago Erne descubro un negocio de antigüedades, así como lo es el corredor de Lago Erne que pareciera ser la piedra angular del centro de La Pensil; hay poco tráfico y eso ayuda a rodar la Radio Bocina que con su “kilaje” se asemeja a un peso completo pero de la radio.

Inquieta y emotiva, una ama de casa se acerca preguntando: “¿La cita es en el Polideportivo?”, le contesto que sí, pero que antes habrá un taller de mecánica básica de bicicletas, para que no falte.

En la Curva, lugar en el  que un camión se volcó en el gran agujero que estaba allí, la Radio Bocina sufre un poco debido a que la calle está muy lastimada, afuera hay puestos ambulantes que apenas van amaneciendo, en esa misma calle la Bolería ya está preparada para recibir clientes urgentes de darle un trapazo a sus zapatos, aunque esa ya no sea la moda.

Vamos llegando a la explanada del Polideportivo y observamos los restos del festejo que pareciera lleva bastante tiempo. Al fondo, el grupo de población vulnerable o “Escuadrón de la muerte”, como mejor les gusta autoproclamarse, se ve mayor que de costumbre: una veintena de hombres en edad productiva que pareciera llevan años allí. A los conocidos como Carlos, los saludamos y ellos de manera amable regresan el saludo, allí me entero de la muerte de uno de ellos, me lo cuenta la señora que estaciona los autos frente al deportivo… “fue casi frente al Pavón, pero también no quieren cambiar, yo cambié por ella” y  señala a una muchacha, quien sonríe, e insiste “pregúntele quién la quiere”, y la mucha con un visible retraso y mucha honestidad contesta que su mamá.  Aprovecho y la invito al evento de Día de Muertos, “es de dos a siete”, le repito…

En la explana del Polideportivo

La carpa ya está puesta, por lo cual sólo hay que conectar la radio…  y listo, ¡iniciamos! Lo abrupto del sonido con puras rolitas temáticas a la muerte llama la atención de algunos parroquianos que se acercan para apreciar el artefacto (la radio bocina) que parece un pieza de museo, una instalación. Entonces pienso que vestida, la radio bocina podría ser una suerte de estatua viviente en la cual se podrían subir a tomarse la foto de recuerdo.

Durante largo rato que dura el taller, se acercan bicicletas que no se animan a pasar, hay un niño con una máscara de tiburón esperando, nos vamos sumando poco a poco, incluso una familia conformada por mamá e hijas es invitada ya que traen patines, le comentamos que es un paseo por la colonia para rodar aunque sea en patines.

Llegadas las once en punto, esperamos a una familia que han venido disfrazados, partimos como acordamos desde el polideportivo para encontrar Lago Wetter y a la postre está la ciclopista en donde observamos rostros de peatones, amables y alegres de encontrar a un grupo de personas por la calle rodando en bicicletas. En Naur, en la gasolinera —allí por donde dicen se encontraba en el siglo pasado la Pulquería de los Siete Compadres— una familia se para a rectificar el aire de los neumáticos de las bicis, mientras los demás nos lanzamos con esfuerzo y alegría hasta casi llegar a Río San Joaquín, cause que identificó a la zona como agrícola y que dejó vestigios en sus frutales o su tierra fértil.

De regreso a la ciclopista rumbo al norte de la zona, recordando que vamos hasta Lago Ontario, pasamos por la Finca que acuñó el nombre de la zona. El “Pensil Mexicano”, que se encuentra muy dañado. La foto del recuerdo que nuestras ruedas llegaron hasta allá, nos hace sentirnos un poquito “históricos”… y vámonos de nuevo. Cuando cruzamos Felipe Carrillo Puerto es perceptible que es un zona distinta, incluso los vecinos no pueden pasar a La Perulera, casona todavía en planes de restauración.

En Ontario viramos a la derecha entre el bip-bip y la música que suenan en las trompetas de la Radio Bocina, personas con sorpresa o sacando fotos es el continuo, hasta que llegamos a Legaria, en donde viramos hacia el sur, y ya allí nos apropiamos de nuestro derecho a la ciudad, familias, hombres solos, una bicicleta antigua y la Radio bocina que rueda con un niño que con su máscara de tiburón, recuerda la fuerza que tienen los vecinos de esta zona. Hay una niña que me parece fue la imagen más dulce de la rodada: vernos rodar y rodar, nos saluda sonriendo desde el camellón con sus apenas cuatro o cinco años.

De regreso de nuevo por Ginebra, nos recibe la calle con expresiones de alegría de propios y extraños, vecinos y concurrentes al tianguis de Norte Cuatro. Es un alegría casi terminar la rodada,  aunque la bocina de la radio empieza a tartamudear, señal que su batería está llegando a su fin, cosa que sucede ya casi enfrente del Polideportivo punto final de la rodada. Antes de la foto final del grupo, me quedo con otra memoria llena de ternura, la del grupo de consumidores crónicos, quienes nos recibieron con vivas.

Y bueno, quienes más que ellos para poder apreciar el sentido de una rodada, a fin y al cabo la vida es rodar… y rodar.

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