La mirada se desvía y oculta ante la crudeza de la realidad. La vida en la calle provoca lo mismo, la realidad de las poblaciones callejeras se vuelve imposible de asimilar para quienes no conocen lo que es dormir sobre un cartón que alguna vez tuvo en su interior una televisión Full HD.

Ese desecho es un colchón, una cama que al llover habrá que buscar otra, porque no da tiempo a que se seque. La cobija que se hereda, o por casualidad llega a ellos, es un envoltorio para que la vida no se escape durante la noche. El frío en estas fechas se vuelve un enemigo silencioso, que invita a dormir para no despertar.

-Él es el Chinos y por allá está David y (me llamó Ivan) yo soy Irvin, somos cuatro los que aquí nos reunimos.

-Estoy seguro que el último nombre no lo escuché bien porque el Chinos, entre el efecto del solvente y el titiritar de su cuerpo, quería decir su nombre, quería salir del apodo y pronunciarlo: Iván.

El espeso aroma del solvente que los rodea inhibe los sueños durante la noche. Aquí las ilusiones y las esperanzas despiertan con los primeros rayos de sol. Primero hay que sacar el frío de la noche anterior con un baño de sol que no puede durar mucho porque se debe buscar el desayuno.

-¿Ivan te llamas verdad?

-Sí. Aquí me junto. Siempre estoy ahí –junto a un árbol afuera del metro Barranca-.

-Cuál de esta ropa quieres, elige una.

-Ésta, ésta. Su cuerpo ya no tiene control sobre sí mismo. Tiembla sin cesar.

La comida no es una necesidad básica, porque aquí lo básico es un lujo que sólo las limosnas o algún bienaventurado de corazón  ayudan a cubrir cuando se puede. Cuando no se puede comer, se recurre a la mona, se toma mucho Tonayan, o lo que sea bueno para olvidar que se tiene hambre.

Aquí los compas se cuidan entre sí, pero desconfían de todos. Al que se acerca se le ve con recelo, porque el último que lo hizo los lastimó, los ofendió y les recordó que la calle sería su tumba.

-Cada mañana lo encuentro de pie buscando los primeros rayos de sol. Él es uno de los muchos jóvenes que habitan en las calles de la Ciudad de México. El espacio público se vuelve su hogar.

-De acuerdo con las autoridades capitalinas son más de 6 mil personas las que viven en condición de calle. Alrededor de 2 mil se encuentran en albergues o centros de atención.

Se evita la soledad durmiendo en grupos. En las afueras de los metros, en los parques o simplemente donde caiga la noche, se les puede ver unidos, hechos bolita. Tal vez duermen en grupo para protegerse de los cobardes que al saberles vulnerables, los golpean, les avientan agua o los queman. Para ellos, vivir ha sido una constante batalla ante las agresiones.

-Aquí todos lo conocen. Usualmente, lo veo comiéndose un pan y tomando café en un vaso de plástico desechable. Mientras desayuna, camina con su ropa que a cada paso parece deshacerse. Un hola y un adiós siempre los responde con una sonrisa.

-Su rostro no muestra más de 25 años, sin embargo, su cuerpo está maltratado. Hace mucho que no disfruta de un buen baño.

Al morir se les olvida. Si tienen suerte se les recuerda por su apodo, la mayoría termina en la fosa común. Irónico. Es como si nunca hubieran existido, pero a muchos molestado. Tan sólo de los 85 casos documentados este año en la ciudad, se desconoce el paradero del 63% de los cadáveres.

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