El siguiente relato es parte de un estudio realizado por el investigador Ochoa Zazueta. En él, podemos observar las vicisitudes que deben enfrentar todos aquellos que mueren para llegar al Mictlán:

“Mi madre estaba ya anciana, tenía como 70 años cuando murió. Le dimos todos los servicios y la teníamos en el ataúd cuando empezó a respirar y despertó echando espuma por nariz y boca. La atendimos cuando pidió café y un cigarro.

Luego platicó que sintió cómo se desprendió del cuerpo y fue con su misma figura rumbo a un río muy grande con aguas revueltas y terrosas. Ahí estaba el perro que había muchas veces corrido de su casa, flaco y hambriento. El perro la mira despectivamente y no se movió

 <Perro -le dijo- , llévame al otro lado porque soy muerta>

El perro la miró despectivamente y le dijo: < ¿Quieres que te lleve al otro lado? ¿Acaso me diste comida, agua, dulces? ¿No me pateabas, me bañabas con agua caliente de ropa sucia? ¿Qué te hacía para que en vida te portaras mal conmigo? No te puedo llevar, fuiste mala conmigo, te quedas así a vagar por tu barrio, a caminar por las chinampas, alma en pena serás>.

Entonces mi madre respiró profundo y volteó para atrás, su cuerpo se enfriaba pero aún le llegaba el olor del café y de los tamales, y pensó:

<Si huelo el café y los tamales es que soy ánima, pero si el perro no me pasa y mi cuerpo se enfría seré un cuerpo en pena y mis familiares se disgustarán>.

Entonces se revolcó en la tierra y vio a Jesucristo y san Andrecito y en eso estaba cuando despertó con mucha espuma. Luego nos dijo:

 <No maltraten a los perros, porque los necesitarán>.

Por eso en Mízquic hay tantos perros”.

En esta historia se puede apreciar la supervivencia de costumbres antiguas dentro de las costumbres actuales con respecto a la muerte, en comunidades en las que se habla tanto español como la lengua indígena, en este caso el náhuatl.

Fuente: Ochoa Zazueta, Jesús Ángel, Mizquic, tesis profesional ENAH, México, 1972

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